La Odisea (Pequeños detalles que Christopher Nolan elige ignorar)
Ricardo López Pérez, Doctor en Filosofía, Académico U. de Chile
Guerrero feroz, astuto como nadie, de mente retorcida y curiosidad inagotable. Aventurero incorregible, expresión de una sabiduría dionisiaca, y hasta el primer pensador creativo y un personaje que anuncia la Ilustración. Todo esto se ha dicho sobre Odiseo, pero hay dos detalles que rara vez se mencionan.
En la Grecia antigua no se encuentran mitos que tengan una sola versión. Según tiempo y lugar, cada relato tomaba un sello distinto, se agregaban detalles, énfasis distintos, se sumaban personajes o desaparecían otros. La explicación es muy simple, y está relacionada con un alto aprecio por la libertad: no existió una verdad revelada venida de lo alto. Tampoco hubo un texto sagrado escrito en piedra, ni un poder religioso centralizado con vigilantes, carceleros u otros encargados de la fe.
Solo un ejemplo de lo dicho: Esquilo dio forma a su propio Prometeo y poco le importó el relato original de Hesíodo. Hizo desaparecer a Pandora y convirtió al personaje en un héroe cultural, cruelmente condenado por hacer posible el progreso humano. Poco después Platón proyecta un Prometeo que esta vez colabora con los dioses, para aportar a los hombres los recursos para sobrevivir y luego para convivir. Incluso esto no se agota aquí, porque después vienen enfoques como los de Marx, Goethe, Byron, Kafka y Shelley, en una enumeración muy incompleta.
Bajo estos términos, ¿por qué Nolan debería apegarse a una versión canónica? Lo mismo que otros directores de cine, no estaba obligado a hacer su película (por cierto, magnífica) de alguna manera en particular. Al margen de este derecho, sin embargo, puede ser un acto de justicia rescatar dos pequeños y brillantes detalles de la versión de Homero.
La historia comienza cuando termina la guerra de Troya. Diez años han pasado y Odiseo ya desea volver a casa. Claramente, no sospechaba las dificultades que lo asechaban. Una vez en el mar el viaje es tranquilo, y cuando los hombres en su frágil embarcación ya respiran la atmósfera del reencuentro, se desata una tormenta que los levanta por los aires. Poderosos vientos soplan a lo largo de siete días, arrastrándolos hasta aguas desconocidos. A partir de este momento, se han perdido todas las referencias, nada resulta conocido.
El mundo cercano ha quedado atrás y ahora nuestro héroe está en el umbral de un espacio misterioso. En lo que sigue encontrará seres inmortales como Circe y Calipso, que se alimentan de néctar y ambrosía, y extraños personajes como los Lotófagos, los Lestrigones, los Cíclopes y las Sirenas, entre muchos otros.
En medio de tantos eventos inesperados, amenazantes, que lo exigen al máximo y desafían su curiosidad, Odiseo no olvida su objetivo fundamental, presente en todo instante: regresar a casa. No está dispuesto a olvidar. Sabe que la rotura de los lazos vitales, la desaparición del pasado, destruiría el núcleo que lo constituye a él y su grupo y les da sentido.
Odiseo comprende que estar en el mundo humano significa vivir con los demás bajo la luz del sol, ver al otro y ser visto por él. Vivir en reciprocidad, construir una imagen de sí mismo, recordar quién es uno y quiénes son los demás. “Desde ha tiempo padezco pesares lejos de los míos” (Odisea, VII, 154), nos clama, y confiesa que aun en momentos de tranquilidad en medio de su periplo, continuamente deja caer alguna lágrima. El poema de Homero presenta consistentemente a Odiseo como un hombre que recuerda.
En medio de tanta dificultad y del dolor causado por la muerte de sus compañeros, Odiseo mantiene su determinación: volver a su origen y encontrarse con su esposa Penélope, su hijo Telémaco, su padre Laertes, su perro Argos, y toda su gente en Ítaca.
Primer detalle a tener en cuenta. En algún punto de este recorrido, aparecerán las diosas Circe y Calipso. De esta última recibirá la más atractiva de las propuestas. Se trata de un ser divino con mucho poder. Calipso desea su compañía y le ofrece, ni más ni menos, que la inmortalidad.
En una expresión sublime de afán posesivo, la diosa propone a Odiseo trascender su condición de mortal y vencer a la muerte. Hasta aquí Odiseo ha defendido sus recuerdos, afrontando distintas pruebas, padeciendo duros sufrimientos, a fin de realizar su proyecto de cruzar las fronteras de lo humano y regresar desde allí a su condición original. Ahora se le ofrece renunciar a sí mismo y convertirse en un inmortal.
La oferta de Calipso equivale a la juventud eterna: ¿Quién podría desoír semejante ofrecimiento? En un pase de magia, podría pasar de ser un simple mortal a ser un dios, pero Odiseo sabe que se trata de una inmortalidad envuelta en un manto de olvido, sin posibilidad de que alguien vuelva a mencionar su nombre o que poeta alguno cante su gloria.
Su segura respuesta no se hace esperar: “Diosa soberana, no te enfurezcas conmigo por eso. Sé también yo muy claro todo esto: que la prudente Penélope es inferior a ti en belleza y en figura al contemplarla cara a cara, y ella es mortal, y tú inmortal e inmune a la vejez. Pero aun así quiero y anhelo todos los días llegar a mi casa y conocer el día del regreso” (Odisea, V, 215-222).
En un sencillo gesto ha puesto a la vista lo sustantivo: la vida terrena con los seres queridos es superior al espejismo de la inmortalidad. Es la primacía de lo particular por sobre lo universal, de la tierra en que nació y una mujer de carne y hueso, por encima de una diosa inmortal de belleza duradera. La diosa despliega sus encantos para que olvide a los suyos, a su tierra y a su propia biografía, pero él desea precisamente lo contrario. Al partir de Troya, el poeta nos dice que “anhela incluso ver el humo que se levanta de su tierra” (Odisea, I, 57-59).
Al abandonar a Calipso, Odiseo elige deliberadamente la humanidad contra todo aquello que le es extraño.
Odiseo hace el siguiente relato de estos episodios: “Antaño me retuvo junto a ella Calipso, divina entre las diosas, en sus cóncavas grutas, anhelando hacerme su esposo. Y de igual modo me albergó en sus mansiones Circe, la pérfida moradora de Eea, deseosa de tenerme como marido. Pero jamás ninguna llegó a convencer mi ánimo en mi pecho. Porque nada hay más dulce que la patria y los padres, ni siquiera cuando uno habita un hogar opulento bien lejos, en tierra extraña, alejado del hogar” (Odisea, IX, 28-38).
Otro notable detalle. Finalmente, Odiseo pisa su Ítaca querida. La prudencia le indica que debe ocultarse y provisoriamente adopta la forma de un mendigo. El disfraz cumple su objetivo, nadie lo reconoce, excepto su perro Argos, para quien ni los años ni la apariencia son un obstáculo.
En su forma concreta, pero también en su sentido metafórico, el disfraz borra todo rasgo familiar, y a la vez nos recuerda que siempre hay un lado oculto, algo que se guarda para sí mismo. Al respecto, es llamativo que después del perro, la primera en reconocerlo sin una previa expresión de pruebas sea su antigua nodriza Euriclea, a partir de un simple contacto. Ella lava sus pies y repara en una pequeña marca de la niñez: “Al tantear la cicatriz con las palmas de las manos la vieja la reconoció al tacto, y soltó el pie que alzaba (…). En su mente brotaron a la par el gozo y la pena, los ojos se le colmaron de lágrimas y se le quebró la clara voz. Y agarrando de la barda a Odiseo, le dijo: Sí, de verdad tú eres Odiseo, querido hijo. Al principio no te reconocí, hasta tocarte del todo, mi señor” (Odisea, XIX, 468-477).
El encuentro con Penélope es inquietante. Odiseo ha tenido previamente contacto con su hijo y con su padre, pero ella no lo sabe. La solitaria Penélope, en ausencia del rey, se ha vuelto un bocado atractivo y ha sido objeto de constante asedio. Numerosos hombres venidos de distintos lugares aspiran a ganar su preferencia, como un modo de arribar al poder. La llegada de Odiseo restituye el orden, eliminando a los abusivos pretendientes y mostrando, de paso, su prodigiosa habilidad en el uso del arco y la flecha.
Ella sigue sin reconocerlo, pero Odiseo despeja todas sus dudas narrando un episodio muy íntimo: “Crecía en el recinto el tronco de un olivo de tupido follaje, robusto, vigoroso. Era grueso como una columna. En torno a este construí yo nuestro tálamo, lo concluí con piedras bien encajadas, lo teché por encima y le agregué unas ajustadas puertas, firmemente ensambladas. Luego talé la copa del olivo de denso follaje, aserré y pulí el tronco, sobre su raíz, con el bronce, de modo muy experto, y lo dejé bien recto con ayuda de la plomada, labrando una pata fija, que taladré con el barreno. A partir de esta pata construí la cama, hasta acabarla, adornándola con incrustaciones de oro, plata y marfil. Sobre su armazón tensé las correas de cuero bovino, teñidas de púrpura” (Odisea, XXIII, 190-202).
“Te expongo esta clara señal” (Odisea, XXIII, 203), termina indicando Odiseo. La fiel Penélope comprende que los veinte años de espera están justificados. Odiseo le recuerda algo que solo ellos conocían: la cama en que se consumó el matrimonio tiene una pata de olivo que hunde sus raíces en la tierra, expresando de esta manera un compromiso inquebrantable.
Detrás del guerrero, del aventurero astuto, hubo un ser humano de insondable complejidad, con convicciones y valores sobre los que aún debemos pensar.
