El valor de lo humano en nuestra sociedad del rendimiento
Rogelio Rodríguez Muñoz. Editor
En la sociedad del rendimiento que padecemos, “¿para qué sirve esto?” parece ser la pregunta del momento.
A esta actitud interrogativa ante nuestras ideas, discursos y acciones, la podemos llamar “la visión servicial” de las cosas. Es el triunfo del valor de la eficacia, entendida esta como lo que demanda el mercado. “¿Vas a estudiar Literatura? ¿Y para qué sirve?”. “¿Usted enseña Filosofía? ¿Qué utilidad tiene?”. Todo tiene que servir, todo tiene que ser útil… o no vale nada.
Al científico Niels Bohr le preguntaron una vez para qué servía la nueva visión de la física que proponía. Y respondió: “¿Y para qué sirven los recién nacidos?”. El sentido de esta analogía parece ser el siguiente: un ser humano, cuando recién nace, es un sujeto inútil, débil, no funcional, pero que conlleva en su interior una enorme potencia para llegar a ser con el tiempo una creatura muy poderosa e importante. Así también, entonces, el nuevo paradigma de la ciencia física, aunque al principio no se le viera su utilidad, poseía en germen la capacidad de llegar a ser una gran contribución al conocimiento de la naturaleza. Hay cosas cuya utilidad no se ve inmediatamente; son rentables, entonces, a largo plazo.
Pero, más allá de las lúcidas respuestas à la Bohr, debemos reconocer que en nuestra sociedad prima la visión servicial. Y se ha extendido al ámbito educativo. Los estudios tienen que ser rentables laboralmente o se convierten en pérdidas de tiempo injustificables. La curiosidad intelectual o el afán de conocer no bastan para legitimar años y gastos invertidos en cualquier esfuerzo académico. Las carreras universitarias provechosas son las que atienden a las exigencias de las empresas. La educación humanista –o sea, no directamente instrumental– parece ya no servir.
Es esta mentalidad mercantil la que denuncia la filósofa española Adela Cortina en su libro Ética aplicada y democracia radical (Ed. Tecnos).
Una pregunta clásica -nos dice esta autora- es la que, desde los tiempos de los antiguos pensadores griegos, ha inquirido sobre si se puede enseñar a las personas el comportamiento moral. Hoy, sin embargo, se ha sustituido por una interrogante más tosca: ¿vale la pena enseñar la conducta virtuosa?
Este cambio obedece, a su juicio, a uno de los principales signos de los tiempos que corren. Los responsables políticos de la educación parecen estar convencidos de que lo importante es solamente transmitir a los alumnos cuantas habilidades técnicas sean capaces de asimilar, ya que estas los llevarán a “defenderse en la vida” y alcanzar un elevado nivel de bienestar. Es el triunfo de la razón instrumental por sobre el pensamiento crítico.
La autora plantea que, a contracorriente de esta tendencia pedagógica instalada que valoriza solo la enseñanza de destrezas técnicas, debemos volver a luchar por prestigiar la educación de los valores que surgieron con tanto esfuerzo y sacrificio en la modernidad: la libertad, la igualdad y la solidaridad. Abandonar esta educación y desterrar estos valores al olvido implica el grave riesgo de atentar contra la construcción de nuestra sociedad democrática.
Para Adela Cortina una auténtica democracia es la que llama Democracia radical y que consiste en la forma de organización social en la que los individuos pueden ejercer su carácter autónomo y participativo. No es democrática, a su juicio, una sociedad dirigida por elegidos, por burócratas o por expertos que han olvidado que cobran toda su legitimidad de servir a los intereses universalizables de las personas. Por lo tanto -señala- es imposible edificar una sociedad genuinamente democrática contando únicamente con individuos técnicamente diestros, porque tal sociedad debe sustentarse en valores como la autonomía y la solidaridad, valores para los que la razón instrumental es ciega.
Al clamor de Adela Cortina se suma, también, la voz de la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, quien también defiende una educación basada en las humanidades y orientada a la formación cívica en las páginas de El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma de la educación liberal (Ed. Paidós).
Educar no es solo preparar empleados competitivos, sino ante todo ciudadanos, personas plena y conscientemente humanas, que puedan mejorar valóricamente la sociedad en que vivimos. Para ello se requiere una formación en pensamiento crítico, en conducta cívica y en empatía y tolerancia con quienes nos rodean, una formación con propósitos diferentes a los que actualmente están a la base de la mayoría de los estudios secundarios y universitarios que recibe nuestra juventud.
Para Nussbaum, entonces, tres son las habilidades principales para el cultivo de la humanidad. La primera es la capacidad de hacer un examen crítico de uno mismo y de las propias tradiciones, es decir, cuestionar toda forma de dogmatismo e imposición de las creencias y los conocimientos. En segundo lugar, es preciso que las personas nos sintamos miembros pertenecientes de una gran comunidad que abarca a todos los seres humanos, más allá de nuestras particulares identidades sociales, étnicas o religiosas. Y en tercer lugar, debemos ser capaces de ponernos en el lugar de las otras personas, de comprender sus emociones, sentimientos y aspiraciones. A su juicio, estas habilidades que ella considera necesarias de forjar provienen por herencia de los estudios clásicos de la Antigüedad, especialmente de los pensamientos de Sócrates y de Séneca, los que nunca debieron abandonarse en los currículos académicos.
Contra la sociedad de la eficacia, el beneficio a corto plazo y el sobrevalorado rendimiento de nuestro siglo XXI, que arrastra su ominosa carga de stress, cansancio y opresión, Martha Nussbaum nos recuerda que educar es “cultivar la humanidad” y no solo preparar para servir en el mercado laboral. Es mérito suyo el insistir en hacernos comprender que en ello reside la verdadera riqueza de la formación pedagógica.