Compartir

Literatura

Publicado por Citerior Mayo 18, 2026

Los Humanos Tenemos una Ética Naturalizada, Según los Biólogos.

Rogelio Rodríguez Muñoz
Editor

El estudio de los primates más cercanos a nosotros determina que nuestro código moral surge de valores implantados en nuestra programación biológica desde la noche de los tiempos.

Un libro muy recomendable para aprender sobre los derroteros de la ética en tiempos actuales: EL BONOBO Y LOS DIEZ MANDAMIENTOS, de Frans de Waal (Tusquets Editores).

El autor (1948–2024) fue un eminente primatólogo y etólogo neerlandés, doctor en Biología por la Universidad de Groninga y profesor en la Universidad de Emory, en Atlanta. Con este libro que comentamos aquí, incursiona en el tema de la moralidad.  Señala que, aunque los filósofos han abordado la temática desde hace milenios, los biólogos acaban de empezar.

Encontrándose con que mucha gente supone a la religión como fuente de la moral humana, de Waal se pregunta si necesitamos realmente a Dios para explicarnos la inclinación al bien que se observa en la mayoría de las personas. 

Se apresura, no obstante, en señalar que, si se concluye que puede haber moral sin Dios, esto no significa que deba erradicarse la religión de la sociedad.  Piensa que el vacío generado en tal caso no podría ser llenado por la ciencia y la visión naturalista del mundo, ya que las considera incapaces de iluminar la distinción entre el bien y el mal. A la vista de la historia del desarrollo científico, indica que no es apropiado aclamar a la ciencia como salvadora moral.  La ciencia nos puede ayudar a apreciar cómo funciona la moralidad –escribe–, pero esto no quiere decir que sea capaz de guiarla.

¿Qué nos permite diferenciar lo bueno de lo malo? 

La capacidad que tenemos de ser buenos y malos.  Y esta capacidad debe rastrearse, según nuestro autor, en nuestra historia evolutiva.  Escudriñando las formas de comportarse y relacionarse de nuestros ancestros, podremos verificar si la moralidad es anterior a la religión, la que solo tiene poco más de un par de milenios de antigüedad.

El modo más cercano de poder saber algo del comportamiento de nuestros antepasados es observar la conducta de las especies primates más emparentadas con nosotros genéticamente, esto es, los chimpancés y los bonobos.  Para de Waal, son estos últimos los que más pistas pueden ofrecer para saber cómo se comportaba nuestro ancestro común, ya que han cambiado menos desde el punto de vista evolutivo y, por tanto, han retenido más rasgos originales.

¿Qué concluye nuestro autor, luego de guiarnos por un periplo a través de páginas instructivas sobre conducta simiesca observada en hábitats naturales y en laboratorios?  Escribe: “La moralidad antecede a la religión, y desde luego a las religiones dominantes en la actualidad. Ya teníamos una moralidad plena cuando todavía vagábamos por la sabana en pequeñas bandas. Sólo cuando la escala de la sociedad comenzó a aumentar y las reglas de la reciprocidad y la reputación comenzaron a debilitarse, se hizo necesario un Dios moralizante”.

Aunque no siempre se considera que la moralidad humana tenga que ver con orígenes ancestrales y programas evolutivos, para De Waal esto es justamente lo que se debe reconocer a la vista de lo que nos enseñan los chimpancés y los bonobos: su sensibilidad a las emociones ajenas, su deseo de pertenencia grupal, su apego a normas naturales de buena convivencia. La necesidad de preservar la armonía dentro del grupo primate frente a la competencia por los recursos da paso a manifestaciones naturales de justicia y equidad entre los simios.

Somos, pues, animales morales porque –al igual que los actuales chimpancés y bonobos– nuestros ancestros llegaron evolutivamente a ser  animales sociales.  En lo que se refiere al respeto y valorización de los derechos y obligaciones en nuestro grupo de pertenencia, ha sido la biología la que nos ha preparado moralmente: “El código moral no viene impuesto desde arriba ni se deriva de principios bien razonados, sino que surge de valores implantados que han estado ahí desde la noche de los tiempos”.

Para De Waal, nuestra ética naturalizada no determina rígidamente nuestro comportamiento como ocurre con otras especies animales. En ello radica la diferencia entre nosotros, los “primates humanos”, y las demás especies de simios.  Lo que resulta positivo, pues hemos pasado de una membrecía a escala grupal a una membrecía a escala mundial: somos, antes o después de todo, ciudadanos del planeta y nuestra ética debe tender ahora al respeto de los derechos de seres humanos que no conocemos siquiera.  La humanidad debe, pues, a su juicio, seguir construyendo nuevas estructuras morales sobre los viejos fundamentos y, para esto, como ya no cuenta con el auxilio de pautas biológicas, debe servirse ahora cada vez más de aquella facultad que posee como la más propia y distintiva: la facultad intelectual, la razón.