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Actualidad

Publicado por Julio Mundaca Agosto 24, 2026

El principio del gradiente: Cuando la desigualdad se convierte en movimiento

Carlos Cantero, doctor en Sociología

El reciente informe Rupturas y Oportunidades de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe describe un mundo que entra en un período de profunda reconfiguración y presenta a la región atrapada en tres trampas que se refuerzan mutuamente: un crecimiento económico débil, una desigualdad persistente que erosiona la cohesión social y una capacidad institucional insuficiente para sostener el desarrollo a largo plazo. Otros factores agravan la situación, desde el envejecimiento de la población hasta el crimen organizado. Pero detrás de muchos de estos desafíos subyace un problema más profundo: la desigualdad en el acceso a las oportunidades está profundamente arraigada.

La desigualdad suele presentarse como una estadística o una imagen de la sociedad en un momento determinado. Pero también puede entenderse como una fuerza que genera presión y, en última instancia, produce cambios.

Observamos ese movimiento en toda América Latina.

Millones de venezolanos han abandonado su país en uno de los mayores movimientos migratorios de la historia moderna de la región. En otros lugares, la frustración por la desigualdad, la insuficiencia de los servicios públicos y la limitada movilidad social ha contribuido a la agitación política y a las protestas públicas.

Estos fenómenos tienen causas distintas y no deben reducirse a una sola explicación. Sin embargo, comparten una característica importante: las personas reaccionan cuando la distancia entre sus expectativas y su realidad vivida se vuelve demasiado grande.

Aquí es donde lo que yo llamo el Principio del Gradiente puede ofrecer una forma útil de observar nuestra región.

En matemáticas y física, un gradiente describe la dirección y la intensidad de un cambio. Las diferencias de presión contribuyen a la formación del viento. Las diferencias de elevación provocan el flujo del agua. Cuanto mayor sea el gradiente, mayor será el movimiento potencial.

Las sociedades humanas, por supuesto, no se rigen por las leyes de la física. Las personas poseen cultura, valores, aspiraciones y libertad de elección. Pero el gradiente ofrece una metáfora útil para comprender qué sucede cuando las diferencias en riqueza, oportunidades y acceso a servicios básicos se vuelven extremas. 

Una marcada desigualdad social genera tensión. Cuanto mayor sea la distancia entre las buenas y las malas escuelas, entre el acceso a la atención médica y la ausencia de ella, o entre las oportunidades visibles y su inexistencia, mayor será la presión sobre el tejido social.

Esta idea también guarda relación con la obra de los pensadores chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela. Su concepto de autopoiesis describía a los organismos vivos como sistemas que se reproducen continuamente a través de redes de relaciones, interactuando con su entorno. Sus elementos son interdependientes, y el estado de una parte afecta al funcionamiento del conjunto.

El concepto se desarrolló para comprender los sistemas biológicos, no para establecer una ley de comportamiento social. Sin embargo, su idea fundamental es valiosa para reflexionar sobre la sociedad.

Ninguna comunidad es simplemente un conjunto de individuos independientes. Vivimos inmersos en redes de relaciones, instituciones y expectativas. Cuando persisten graves desequilibrios dentro de esas redes, las consecuencias acaban extendiéndose más allá de las personas que las sufren directamente. La migración ilustra esto particularmente bien.

Resulta tentador considerar la migración principalmente como un problema fronterizo, donde las personas llegan y comienzan los debates políticos sobre quién debe ser admitido. Pero a menudo es en las fronteras donde se hacen visibles los problemas más profundos, no donde se originan.

Las personas se mudan por muchos motivos, entre ellos la represión política, la inseguridad, las necesidades familiares y las oportunidades económicas. Cuando llegan a la conclusión de que el lugar donde nacieron ofrece pocas posibilidades de un futuro digno, la diferencia entre su situación actual y la que anhelan se convierte en un incentivo para mudarse. Una frontera puede regular ese movimiento, pero no puede eliminar por sí sola las fuerzas que lo producen.

Este mismo principio nos ayuda a comprender la protesta social. Los gobiernos pueden restablecer el orden público tras las manifestaciones, pero restablecerlo no necesariamente resuelve las causas que originaron la ira. Si los ciudadanos siguen creyendo que las instituciones no responden, que las oportunidades son inaccesibles o que las normas son fundamentalmente injustas, la presión persiste.

Esto no significa que la desigualdad genere automáticamente migración o rebelión, ni que toda diferencia dentro de la sociedad sea perjudicial. Las diferencias de ingresos, logros y circunstancias son inherentes a toda sociedad que funcione correctamente.

El problema surge cuando la brecha se vuelve tan pronunciada que muchas personas pierden la confianza en que el esfuerzo pueda mejorar su situación. Por lo tanto, el objetivo apropiado no es eliminar las diferencias, sino evitar que se vuelvan tan extremas que fracturen la cohesión social.

Eso requiere lo que yo llamaría un nivel mínimo común: un umbral mínimo de bienestar socioeconómico por debajo del cual ninguna persona debería caer debido a su lugar de nacimiento o posición social.

Esta idea guarda estrecha relación con la concepción del desarrollo humano de Amartya Sen. El desarrollo no puede medirse únicamente por el ingreso nacional; también debe considerar las capacidades reales que poseen las personas para tomar decisiones significativas sobre sus vidas.

Un nivel de vida común comienza con el acceso a una educación de calidad, atención médica, trabajo decente y seguridad básica, respaldados por instituciones capaces de mantener estas condiciones a lo largo del tiempo. El objetivo no es garantizar resultados idénticos, sino asegurar que la dignidad y las oportunidades no dependan de la geografía ni de las circunstancias heredadas.

Las fronteras y la policía pueden contener el movimiento y los disturbios durante un tiempo, pero la estabilidad duradera requiere algo más difícil: reducir la propia desigualdad y evitar que las diferencias sociales se conviertan en abismos.

Esa tarea no puede recaer únicamente en el gobierno. El sector privado, la sociedad civil y la ciudadanía comparten la responsabilidad de construir un entorno común de dignidad y oportunidades para todos los ciudadanos.