Como es Arriba es Abajo: Violencia y Poder en el Mundo que Habitamos
Eliseo Huencho Morales, Arquitecto
Hay una paradoja que conviene nombrar desde el principio: Chile es, estadísticamente, uno de los países más seguros de América Latina.
Sin embargo, más del 63% de sus adultos señala que el crimen y la violencia son su principal preocupación, en niveles superiores a los de México o Colombia. Esta brecha no es un error de percepción ciudadana; es la expresión de conductas modificadas y libertades contraídas por el miedo, una de las formas de violencia que respiramos.
La seguridad lleva más de quince años siendo el tema número uno de la agenda pública sin solución visible. Ya en las campañas presidenciales de 2009 y 2013, las promesas en esta materia ocupaban el centro del debate. La encuesta UDP de 2013 registraba que el 33,2% de los chilenos la identificaba como el principal problema del país, más del doble que la educación. Desde entonces, ningún gobierno ha logrado desplazarla. Boric impulsó más de setenta proyectos de ley en materia penal y creó el Ministerio de Seguridad Pública. Kast asumió en 2026 declarando un «gobierno de emergencia». La encuesta CEP de 2025 volvió a situar la delincuencia en el 60% de prioridad ciudadana. Quince años de promesas acumuladas sin solución de fondo dan cuenta de una impotencia institucional que, en sí misma, constituye una dimensión del problema.
En 2022 Chile alcanzó su peak histórico de homicidios con 1.330 víctimas y una tasa de 6,7 por cada 100 mil habitantes, triplicando la década anterior. Los secuestros superaron los 800 casos anuales por tercer año consecutivo, el tráfico de armas creció un 90% entre 2023 y 2024, y el sistema penitenciario cerró 2025 con 62.323 internos para una capacidad de 42.437 plazas, caldo de cultivo del crimen organizado.
ABAJO
El 27 de marzo de 2026, un estudiante de 18 años del Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama mató a una inspectora de 59 años e hirió a cuatro personas en el patio del establecimiento. Las autoridades lo describieron como el primer caso de violencia escolar planificada en la historia de Chile. La conmoción pública fue comprensible. Pero lo que declaró ese mismo día el presidente del Colegio de Profesores, Mario Aguilar, debería habernos sacudido antes: «Dijimos, más de una vez, va a llegar un momento en que ocurra un hecho dramático. La violencia estaba escalando».
El caso de Calama no retrata a un joven con un problema individual actuando en el vacío: retrata un ambiente. Las denuncias por violencia escolar se duplicaron entre 2019 y 2025. Las agresiones a docentes crecieron un 39% solo en 2025. Entre 2020 y octubre de ese año se recibieron 35.410 denuncias por violencia en establecimientos educacionales, de las cuales apenas el 10% fue investigado formalmente —hallazgo que la Contraloría General denunció en abril de 2026. La escuela no produce la violencia que recibe: la absorbe. Lo que le llega viene de afuera, de más arriba.
ARRIBA
Cuando en 2025 Donald Trump amenazó con poner fin a la “civilización” de Irán y desatar el “infierno” si no cedía a sus condiciones, no lo hizo en un rapto de furia: lo hizo como táctica. El Wall Street Journal —diario conservador de referencia, no un adversario ideológico de Trump— lo documentó con precisión: su retórica inconsistente “generó temores globales y erosionó el apoyo dentro y fuera del país.” No era un episodio aislado. Ya en 2024, un análisis de politólogos de la Universidad de California en Los Ángeles que revisó nueve años de discursos presidenciales ,concluía que la retórica violenta de Trump había aumentado de forma dramática y sostenida —y que ese aumento no estaba vinculado a amenazas externas reales, sino a una estrategia deliberada de construcción de audiencia sobre el miedo.
El reconocido internacionalista argentino Juan Gabriel Tokatlian, doctor en Relaciones Internacionales de la Johns Hopkins University y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, lo formuló con una precisión que incomoda: la imagen que proyecta hoy la primera potencia del mundo es la de una superpotencia que oscila entre la prepotencia y la impotencia, y ese comportamiento favorece que otros actores globales avancen en el vacío. El 3 de septiembre de 2025, Xi Jinping presidió en Pekín el mayor desfile militar de la historia china, flanqueado por Putin y Kim Jong-un: misiles balísticos intercontinentales, drones autónomos, robots de combate —y 26 jefes de Estado como testigos. La escena no requería traducción.
Lo que se advierte en ese escenario no es solo una disputa geopolítica: es el desplazamiento de la diplomacia por la bravuconería y la amenaza como modo de relación entre potencias. La diplomacia clásica reconoce al adversario como interlocutor legítimo y busca salidas negociadas al conflicto. La ONU, que nació en 1945 para “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, advierte hoy que los conflictos activos son los más numerosos desde ese año. Pero esa institucionalidad requiere una condición que el mundo actual desprecia: que la razón preceda a la fuerza. Cuando los líderes más visibles del planeta normalizan el desprecio y la amenaza como lenguaje, ese tono no permanece arriba. Desciende.
COMO ES ARRIBA, ES ABAJO
«Como es arriba, es abajo»: la máxima hermética atribuida al Kybalión enuncia una ley de correspondencia que va más allá de lo esotérico. Lo que opera en los planos más altos de la organización humana —el poder, la política, la guerra— se reproduce, con distinta intensidad, pero con la misma lógica, en los planos cotidianos: el barrio, la escuela, el hogar.
En este marco, pretender que la solución a la violencia en nuestros espacios más cercanos reside únicamente en la crianza o la pedagogía supone ignorar el ambiente valórico que la alimenta desde afuera. Las grandes tensiones que organizan el mundo —la pugna por el poder, la desigualdad en los recursos, las diferencias culturales, las asimetrías entre naciones— son expresiones inevitables de la condición humana. No pueden suprimirse ni ignorarse. El problema no es que estén presentes en el mundo; el problema es que el tono con que hoy se expresan en los espacios públicos y en los liderazgos globales ha normalizado la fuerza como argumento.
¿Cómo nos preparamos para lidiar con este tono de las cosas? No me cabe duda de que cada uno de nosotros -en su medio familiar, social y laboral- no escatima formas para cultivar la paz, pero ¿cómo vamos a incidir arriba, en el poder?