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Actualidad

Publicado por Citerior Septiembre 9, 2026

Desde el dolor a la esperanza (Reflexión personal sobre el 11 de septiembre, desde Tucídides y Polibio)

  Manuel Santander Olivares, profesor, rector Colegio La Fontaine

Cada 11 de septiembre, inevitablemente, Chile vuelve sobre una herida que todavía atraviesa nuestra memoria colectiva. No es una fecha neutra. Tampoco debería serlo. Hay dolores, interpretaciones, silencios, responsabilidades y experiencias familiares muy distintas. Pero precisamente por eso siento que esta fecha necesita ser pensada con profundidad, sin consignas fáciles y sin convertir la memoria en una nueva forma de enfrentamiento.

Al reflexionar sobre ella, vuelvo a dos historiadores de la antigüedad que, aunque vivieron en mundos muy distintos al nuestro, parecen hablarnos con inquietante actualidad: Tucídides y Polibio.

Tucídides me lleva primero a pensar en las pasiones humanas. Cuando relata la guerra del Peloponeso no se limita a describir batallas. Observa algo mucho más profundo: cómo las sociedades pueden ir deteriorándose interiormente hasta que el adversario deja de ser visto como un conciudadano y comienza a ser considerado como un enemigo al que hay que derrotar a cualquier precio.

Eso me hace pensar en Chile. Antes de toda ruptura institucional existe, muchas veces, una ruptura en la convivencia. Se rompe el lenguaje, se rompe la confianza, se rompe la capacidad de reconocer una parte de verdad en el otro. Las palabras se endurecen. Las posiciones se vuelven absolutas. El miedo y la sospecha ocupan el lugar de la prudencia.

Tucídides nos muestra que cuando una sociedad llega a ese punto, no basta con tener leyes o instituciones. Si las personas dejan de reconocer límites morales en su confrontación política, la democracia comienza a vaciarse desde dentro.

Por eso, cuando pienso en el 11 de septiembre de 1973, no puedo reducirlo solamente al día en que se produjo el quiebre institucional. Debo preguntarme también qué ocurrió antes. ¿Cómo fuimos llegando como sociedad a un punto en que el diálogo se volvió casi imposible? ¿Cómo los desacuerdos políticos, sociales e ideológicos llegaron a convertirse en una fractura tan profunda? Esta pregunta no busca relativizar responsabilidades ni disminuir la gravedad de lo ocurrido después. Al contrario: busca comprender para aprender.

Y allí aparece Polibio. Él se preocupó especialmente por la estabilidad de las instituciones. Sabía que ninguna forma de gobierno es inmune a la corrupción o al deterioro. Los regímenes políticos pueden degenerar cuando pierden equilibrio, cuando los poderes dejan de controlarse mutuamente o cuando quienes participan de la vida pública dejan de respetar las reglas que hacen posible la convivencia.

Su pensamiento me conduce a otra reflexión que considero esencial para Chile: una democracia no se sostiene solamente porque esté escrita en una Constitución. La democracia debe ser vivida. Necesita instituciones fuertes, pero también ciudadanos capaces de respetarlas, incluso cuando sus decisiones no coinciden con nuestras propias convicciones. Necesita autoridades capaces de comprender que el poder siempre tiene límites. Necesita adversarios que sepan que seguirán siendo miembros de una misma comunidad cuando termine la discusión política.

Polibio probablemente nos recordaría que las instituciones no son estructuras abstractas. Son acuerdos humanos construidos para impedir que la fuerza sustituya a la razón y que la arbitrariedad sustituya al derecho.

Y eso me parece especialmente importante cuando conmemoramos el 11 de septiembre. Porque después de la ruptura de 1973 vino algo que ninguna interpretación política debería relativizar: la violación de los derechos humanos. Aquí debemos ser claros. Los derechos humanos no pueden depender de la ideología de la víctima ni de la justificación de quien ejerce el poder. La dignidad humana constituye precisamente el límite que ninguna circunstancia política debería permitirnos traspasar.

La tortura, la desaparición forzada, la ejecución, la persecución y la negación de la dignidad de las personas no pueden ser considerados instrumentos legítimos para resolver ninguna crisis política. Esta convicción debería ser uno de los grandes aprendizajes que nuestra sociedad ha obtenido de su propia historia.

Sin embargo, me preocupa que cada 11 de septiembre podamos caer en una paradoja: recordar una época de profunda división reproduciendo nuevamente la lógica de la división. No creo que esa sea la mejor manera de construir memoria. Recordar no debería significar transmitir los resentimientos de una generación a otra. Tampoco significa olvidar las responsabilidades históricas. Significa algo más exigente: hacer que el pasado ilumine nuestras decisiones presentes.

Cuando miro al Chile actual, Tucídides vuelve a parecerme cercano. Veo nuevamente lenguajes agresivos, descalificaciones, sospechas permanentes, dificultades para escuchar al que piensa diferente. Veo cómo muchas veces las redes sociales transforman el desacuerdo en humillación y la diferencia en enemistad. Y entonces comprendo que el 11 de septiembre no pertenece solamente a la historia. Nos interpela hoy. Nos pregunta si realmente aprendimos algo.

Polibio nos preguntaría si estamos cuidando nuestras instituciones. Tucídides nos preguntaría si estamos cuidando nuestra convivencia. Y ambos, probablemente, nos recordarían que una democracia comienza a debilitarse mucho antes de que sus instituciones formalmente desaparezcan: cuando normalizamos el desprecio, cuando dejamos de escuchar, cuando creemos que solamente nosotros poseemos la verdad, cuando justificamos acciones que jamás aceptaríamos si fueran realizadas contra quienes piensan como nosotros, cuando confundimos al adversario con un enemigo.

Por eso considero que la conmemoración del 11 de septiembre tiene una profunda dimensión educativa. Como educador, no quisiera que nuestros jóvenes recibieran esta fecha como una herencia de trincheras. Quisiera que la recibieran como una responsabilidad. Que puedan conocer nuestra historia con rigor, formular preguntas difíciles y comprender que las sociedades también se equivocan. Que entiendan que la democracia es imperfecta, pero que precisamente por eso debemos trabajar permanentemente para mejorarla.

Y, sobre todo, que aprendan algo que considero esencial: vivir democráticamente significa aprender a convivir con persona que piensan distinto. No existe democracia sin desacuerdo. El verdadero desafío no es eliminar nuestras diferencias, sino aprender a vivirlas sin destruirnos.

Esta idea adquiere para mí un significado muy especial desde nuestro compromiso educativo con formar ciudadanas y ciudadanos para la paz. La paz no es silencio. No es uniformidad. No es ausencia de conflicto. La paz democrática es la capacidad de procesar los conflictos mediante la palabra, la ley, el respeto, la búsqueda de acuerdos y el reconocimiento de la dignidad del otro.

Tal vez esa sea una de las lecciones más profundas que Tucídides y Polibio pueden entregarnos desde la distancia de los siglos. Tucídides nos dice que debemos vigilar nuestras pasiones. Polibio nos recuerda que debemos cuidar nuestras instituciones. Y nuestra propia historia nos agrega una tercera obligación: defender siempre la dignidad humana.

Por eso, cuando pienso en el 11 de septiembre, prefiero no preguntar solamente qué ocurrió aquel día. Me interesa también preguntar: qué debemos aprender de aquello? ¿Qué señales de nuestra convivencia actual deberíamos observar con atención? ¿Cómo construimos una cultura democrática que haga imposible volver a justificar la violencia política? ¿Cómo enseñamos a nuestros jóvenes que ninguna idea, por noble que se considere, autoriza a destruir la dignidad de otra persona?

Quizás allí se encuentre el verdadero sentido de recordar: no mirar el pasado para continuar sus disputas, sino para impedir que sus errores se repitan.

Después de una larga vida vinculada a la educación, cada vez estoy más convencido que las sociedades no se sostienen solamente por sus leyes. Se sostienen también por hábitos cotidianos: escuchar, respetar, dialogar, contener nuestras propias certezas y reconocer que el otro puede tener razones que nosotros no hemos considerado. La democracia comienza, muchas veces, en gestos mucho más pequeños de lo que imaginamos: en cómo hablamos, en cómo discrepamos, en cómo tratamos a quien piensa distinto y en cómo enseñamos a nuestros estudiantes a convivir.

Por eso quisiera que cada 11 de septiembre no fuera solamente una fecha del calendario chileno. Quisiera que fuera una pregunta abierta para cada generación. Una invitación a recordar sin odio; a comprender sin justificar; a reconocer el sufrimiento sin utilizarlo como arma política; a cuidar la democracia precisamente porque conocemos las consecuencias de perderla; y a comprender, finalmente, que la paz que buscamos no consiste en pensar todos igual, sino en construir una comunidad en la que podamos pensar diferente sin dejar jamás de reconocernos como seres humanos y como conciudadanos.

Quizás eso nos dirían Tucídides y Polibio. Pero, sobre todo, quizás eso es lo que nuestra propia historia todavía intenta enseñarnos: que del dolor puede nacer memoria; de la memoria, aprendizaje; y del aprendizaje, una esperanza responsable en un futuro más democrático, más humano y más fraterno.