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Editorial

Publicado por Citerior Noviembre 24, 2018

El sentido de la protesta.

Por las calles de HongKong, Cataluña, Bogotá, La Paz, Santiago, marchan hoy multitudes  agitando sus banderas de lucha. Marchan manifestando descontento, insatisfacción, rabia en algunos casos, porque se sienten marginados, desoídos, víctimas de injusticias y fundamentalmente: no se sienten participes de los destinos de sus comunidades. Se sienten afuera.

Son grupos masivos de personas que representan a un vasto sector de la sociedad: trabajadores, estudiantes, nacionalistas, movimientos feministas, organizaciones medioambientales, grupos de apoyo a la causa de las etnias originarias, con diversas motivaciones específicas en sus demandas, pero con un denominador común: se vuelcan a las calles, no sólo para conseguir mejores espacios y condiciones materiales para elevar su calidad de vida; también buscan,-conscientemente o no, configurarle un sentido a su existencia.

En Chile, la protesta que se ha tomado la calle y que estalló el 18 de octubre pasado, ha tomado un carácter de expresión ciudadana masiva y pacífica, en su impulso gestacional, y que no pudo evitar, lamentablemente, el desborde marginal de sectores violentistas que han destruido el transporte público, saqueado centros comerciales, provocando incendios múltiples  y puesto en grave riesgo la seguridad interior del Estado.

Esa es una cuestión,- la de la seguridad,- que habrá que analizar seriamente a su debido tiempo y con todos los antecedentes sobre la mesa.

Por ahora, quedémonos con el fenómeno central y que apunta al núcleo de la cuestión, a las motivaciones profundas del descontento ciudadano.

En una entrevista publicada recientemente (a un mes del estallido social) en nuestro Portal relacionada con la violencia mostrada por grupos de alumnos del Instituto Nacional, un directivo del colegio señalaba que parte del problema enfrentado consistía en que muchos jóvenes no se sentían escuchados en su calidad de personas en las aulas.

Percibían que se sentían tratados como elementos que debían rendir al máximo para obtener buenas calificaciones y mejorar el nivel de excelencia del colegio. Pero nadie se preocupaba de ellos como personas. Ni un saludo ¿cómo estás?¿cómo está tu familia?¿cómo lo pasaste en tu cumpleaños?

Ese es un tema crucial. El trato que se le da las personas. Sobre todo si son jóvenes en etapa formativa de sus vidas, en la cual los valores entregados en el entorno familiar y educativo  marcan la conducta social de los seres humanos.

Porque los jóvenes que marchan por las calles y se manifiestan, quizá en el fondo están en la búsqueda de un mejor trato como actores de la sociedad: no quieren ser sólo números; ni clientes; ni estadística, ni objetos permanentes de subsidios estatales. Quieren solamente ser incluidos debajo del paño que nos cubre a todos.

Probablemente, son personas que buscan un carril por el cual sujetarse y transitar a un mejor destino. Quieren encontrarle un sentido a sus vidas.

Es decir, que los gatillantes sociales evidenciados ( alzas de precios, abusos, corrupción, sueldos míseros, pensiones vergonzosas, discriminaciones),constituyen únicamente la punta del iceberg que esconde la raíz del problema que enfrenta nuestra sociedad y que tiene un componente político, relacionado con la manera de relacionarnos entre nosotros mismos.

En una primera reflexión acerca de la naturaleza de la encrucijada  que nos agobia, deberíamos concluir que enfrentamos un desafío político, ético, social y cultural con variados matices y que se refleja en una deuda que nuestra sociedad tiene que saber saldar, más temprano que tarde.

Paulino Ramírez Quintana         Periodista – Director Editor