La piedra que falta: El derecho a la felicidad – Una deuda pendiente en Chile.
Pablo Ríos Ciaffaroni. Abogado.
EL SÍMBOLO QUE NO ESTÁ
Las grandes obras siempre ocultan una ausencia. Catedrales, templos, constituciones, repúblicas. Todas se levantan sobre fundamentos visibles… y sobre una piedra que no se ve, pero cuya falta se siente.
Chile también es una construcción. Tiene columnas: crecimiento, institucionalidad, modernización, cobertura. Tiene muros: leyes, políticas públicas, sistemas, indicadores. Pero hay una grieta silenciosa que atraviesa toda su arquitectura. No es económica. No es técnica. Es simbólica. Es la ausencia de un principio rector que diga, sin rodeos, para qué se organiza una sociedad. Ese principio tiene nombre antiguo. Se llama felicidad. No como emoción, sino como Obra.
EL DATO COMO MENSAJE CIFRADO
En 2025, Chile descendió al puesto 45 del World Happiness Report. Este informe —respaldado por Naciones Unidas— no mide sonrisas. Mide seis columnas invisibles: salud física y mental, apoyo social, ingresos suficientes, libertad vital, confianza comunitaria y baja percepción de corrupción.
Para muchos, fue una cifra más. Para quien sabe leer los signos, fue otra cosa: un mensaje. Son los mismos elementos que toda tradición iniciática reconoce como condiciones de una vida lograda. Cuando un país asciende, sus estructuras sostienen. Cuando cae, algo en su interior se debilita. Chile no cayó por falta de carreteras. Cayó por fatiga del alma social. Estrés. Desconfianza. Soledad. Malestar. Un progreso que avanzó más rápido que el sentido.
LA PREGUNTA QUE LAS CIVILIZACIONES SIEMPRE HICIERON
Desde que el ser humano comenzó a organizar ciudades, se hizo una sola pregunta esencial: ¿Para qué? Aristóteles respondió: para la eudaimonía, el florecimiento.
Epicuro: para una vida sobria y libre del miedo. Los estoicos: para la fortaleza interior. Tomás de Aquino: para la plenitud del ser. Las tradiciones espirituales: para una vida justa, compasiva, vinculada.
Todas coinciden en algo: el desarrollo es medio. la felicidad es fin.
Chile, en cambio, construyó un modelo donde el fin quedó implícito… y lo implícito, en política y en derecho, se desvanece.
ESTADOS QUE SE ATREVIERON A ESCRIBIRLO
Algunos países estamparon en su constitución política lo que Chile aún no. Estados Unidos grabó en su acto fundacional la “búsqueda de la felicidad”. Japón, desde 1946, en su constitución política reconoce el derecho a una vida plena. Francia lo vincula a derechos y cohesión social. Brasil lo asocia a justicia social. Irán reconoce el desarrollo integral del ser humano. Bután, desde el año 2008, fue más lejos: puso la felicidad como brújula constitucional.
No prometieron felicidad.
Prometieron algo más exigente: que el Estado no puede organizarse de espaldas al bienestar humano. Que toda política, todo presupuesto, toda ley, debe responder a una sola pregunta final: ¿esto hace más feliz al ser humano?
EL ERROR DE CONFUNDIR COLUMNAS CON TEMPLO
Chile perfeccionó instrumentos. Indicadores. Sistemas. Evaluaciones. Procesos. Pero confundió las columnas con el templo. El resultado es visible: crecimiento sin descanso, pero también sin descanso interior. Salud mental en crisis. Desconfianza estructural. Soledad urbana. Agotamiento. Cuando una sociedad mide todo menos el sentido, termina administrando medios… sin revisar fines. Y toda obra sin fin termina siendo un laberinto.
¿QUÉ SERÍA REALMENTE EL DERECHO A LA FELICIDAD?
No sería un eslogan. No sería un derecho a “estar contento”. No sería una promesa emocional. Sería una norma matriz. Un principio constitucional o legal que obligue al Estado a orientar su acción hacia el bienestar integral: físico, mental, social, comunitario, ambiental, existencial. Implicaría que el éxito de una política pública no se mida solo en cobertura o costo, sino en:
- calidad de vida,
- salud mental,
- tiempo humano,
- cohesión social,
- dignidad cotidiana,
- confianza institucional,
- posibilidad real de proyecto vital.
En lenguaje simbólico: sería la piedra cúbica que ordena el templo. No reemplaza las otras. Les da sentido.
CHILE FRENTE A SU OBRA INCONCLUSA
Chile no es un país fracasado. Es un país inacabado. Levantó muros. Pero no terminó de definir su orientación. Sin un derecho explícito a la felicidad, el bienestar queda reducido a externalidad. Algo que “ojalá ocurra”, pero que no organiza el sistema. Y lo que no organiza, no gobierna.
EPÍLOGO: LA ARQUITECTURA PENDIENTE
Las grandes tradiciones enseñan que ninguna obra está completa sin su piedra final. No la más grande, sino la más significativa. La que recuerda a todos para qué se construyó.
El derecho a la felicidad no sería el cierre del debate chileno. Sería su verdadero comienzo. Porque la felicidad no es un destino. Es el derecho a que existan caminos.
Y Chile aún tiene pendiente escribir ese derecho en el lugar donde las civilizaciones definen su rumbo: en el corazón simbólico de su arquitectura jurídica y política.