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Filosofía

Publicado por Citerior Enero 23, 2026

EN EL CUMPLEAÑOS Nº 98 DE DESMOND MORRIS

Un examen a algunas de sus célebres y provocadoras ideas.

Rogelio Rodríguez Muñoz, Editor

Llega a mis manos –hace años que intentaba conseguirlo– El Libro de las Edades, de Desmond Morris, y he comenzado a gozar de su lectura.  El filósofo Juan Rivano me lo mencionó en una ocasión. Aunque tengo en mi biblioteca varias obras de este famoso etólogo inglés, no podía encontrar esta en las librerías de nuestro país.  Ahora lo adquirí por internet (en este sentido: ¡bendita red!).

El libro reseña lo que ocurre a un ser humano, año por año, desde que nace hasta los 100 años y más. Muestra indicios, pormenores y variantes que se van produciendo en el proceso de envejecimiento.  También revela datos de personajes famosos en relación con cada una de las edades.

Voy a la edad 72 (la mía):  se anota que es la edad de la prudencia.  Para pensarlo un poco: pregunto a mis seres cercanos. Su respuesta: he dejado ostensiblemente la impulsividad de mis años anteriores, pero no soy todavía lo que pueda llamarse un dechado de prudencia.  Por prudencia, acato el dictamen sin decir nada…

He pasado, según el libro, dos años de la edad límite que marca la Biblia (Salmos, 90–10), por lo que puedo dejar de preocuparme de los aspectos deprimentes de la ancianidad y alardear de mi longevidad.

También me informa Morris, como zoólogo que es, que 72 años es el tiempo de vida máximo del cóndor de Los Andes. 

Sobre vicisitudes de personajes famosos a esta edad: El marqués de Sade se agenció su última amante a esta edad. Colette, novelista francesa, publicó a sus 72 años su famoso libro Gigi.  El filósofo alemán Martin Heidegger tenía esta edad cuando publicó Ser y Tiempo.  Jean de la Fontaine completó su obra cumbre, sus magníficas Fábulas, a sus 72 años. A esta edad, fallecieron Confucio, Henry James, John Locke, John Wayne, Walt Whitman.

EL MONO DESNUDO

A propósito de edad, busco en Google si todavía está vivo Desmond Morris.  Me informo que ha cumplido 98 años, pues nació el 24 de enero de 1928. Leí sus primeros libros –El mono desnudo y El Zoo humano– en el año 1975, cursando Filosofía en la Universidad de Chile, y su lectura me produjo tal impresión que hasta hoy recuerdo sus tesis principales, las que enseñé repetidamente en años posteriores a cientos de estudiantes. Desde un punto estrictamente zoológico, se examina la conducta humana en comparación con la conducta de los restantes animales, concluyendo que a pesar de nuestra cultura altamente desarrollada seguimos estando muy cerca de nuestros parientes cuadrúmanos.

Aprovechando la efeméride, podemos examinar algunas de las principales ideas que Morris acuñó en su primer libro, El mono desnudo, escrito en 1968 y que hoy se mantienen incuestionablemente vigentes.

La tesis central de la obra es que constituimos una de las 193 especies de simios existentes en el mundo. Pero entre nuestra especie y las otras 192 hay una radical diferencia: mientras todas ellas están cubiertas de pelo, nosotros somos monos desnudos. Tenemos también un mayor cerebro, pero Morris pone más énfasis en nuestra desnudez. Nuestro mayor cerebro nos ha hecho más inteligentes y hemos progresado enormemente en lo que a cultura se refiere; sin embargo, si ponemos atención a los aspectos más importantes de nuestra vida (alimentación, sexo, lucha, etc.), descubriremos que en nada se diferencian de las leyes básicas del comportamiento animal. El mono desnudo no puede fácilmente “sacudirse de encima la herencia genética acumulada durante todo su pasado evolutivo”.

Origen de nuestra especie

En El mono desnudo se responde a la pregunta por el origen de nuestra especie humana con proposiciones que se enmarcan en la teoría darwinista de la evolución por selección natural.  El grupo de primates al que pertenecemos –nos dice Morris– proviene de un primitivo tronco insectívoro.  “Estos primeros mamíferos fueron criaturas pequeñas e insignificantes que correteaban temerosas y al amparo de los bosques mientras los enseñoreados reptiles dominaban la escena animal. Entre ochenta y cincuenta millones de años atrás, al producirse el colapso de la era de los grandes reptiles, los pequeños comedores de insectos empezaron a aventurarse por nuevos territorios”.

De este primitivo tronco –asevera nuestro autor– surgieron entonces dos especies: una que se desplazó por las praderas, que comenzó a cazar y se convirtió en carnívora; otra que permaneció en los bosques y a la que pertenecieron los ancestros de los primates, los “premonos”, que se alimentaban de hierbas y frutos. Entre veinticinco y treinta millones de años atrás, estos “premonos” comenzaron a evolucionar hasta convertirse en verdaderos monos.

Los monos permanecían en los bosques.  Sin embargo, algo sucedió hace unos quince millones de años y un grupo de estos monos se separó del resto, bajó de los árboles y se encaminó hacia las praderas.  Morris explica que los monos de este grupo que se desprendió del resto fueron los antepasados del mono desnudo, es decir, de estos primates ancestrales surgió el ser humano.

“¿Qué les ocurrió a los primitivos monos? Sabemos que el clima comenzó a trabajar en contra de ellos y que hace aproximadamente quince millones de años sus dominios boscosos se vieron considerablemente reducidos en extensión.  Los monos ancestrales se enfrentaron con un dilema… Los antepasados de los chimpancés, gorilas, orangutanes y gibones permanecieron donde estaban y desde entonces su número ha ido disminuyendo poco a poco. Los antepasados del otro único sobreviviente –el mono desnudo- emprendieron la marcha, salieron del bosque y se lanzaron a competir con los ya eficazmente adaptados moradores del suelo”.

El primate ancestral del que descendemos entró de lleno a competir con los otros animales cazadores.  Para mejor adaptarse al nuevo sistema de alimentación y, en general, de vida, su organismo comenzó a evolucionar y a modificarse: su cerebro aumentó de tamaño, logró enderezarse y caminar en dos pies, abandonó la capa de vello que cubría su piel.  Además, cambios importantes se produjeron en la antigua forma de organización social: esta fue totalmente reemplazada por otra.

“Esto nos lleva al último millón de años –escribe Morris–. Los monos terrícolas ancestrales tenían un cerebro muy grande y ya muy desarrollado, buenos ojos y manos prensibles y eficientes. Y como primates que eran habían alcanzado a la postre cierto grado de organización social. Empezaron a producirse cambios vitales mediante una fuerte presión para aumentar sus facultades de cazadores”.

Un animal con doble personalidad

¿De dónde venimos? Descendemos de un primate terrícola y cazador que, a su vez, descendió de los monos de los bosques.  Esto lo hace heredero de muchos rasgos sociales propios de la forma de vida en función del bosque, esto es, un grupo jerárquico, polígamo, herbívoro, nómada. Sin embargo, para lograr adaptarse al nuevo sistema de vida, fuera del bosque, el mono cazador debió cambiar totalmente su comportamiento y organizarse en función de la pradera: el grupo se hizo corporativo, monógamo, carnívoro, sedentario.  En una palabra, en nuestro antepasado cazador se combinaron dos formas de vida diferentes, dos programas adaptativos, y ambos conforman nuestra herencia genética.

“Si aceptamos la historia de nuestra evolución tal como ha sido esbozada, un hecho se destaca con toda claridad y es el siguiente: en el fondo, llegamos a ser primates rapaces. Esto hace que seamos únicos entre todos los simios existentes (…) La cuestión es que un cambio importante de esta clase produce un animal con doble personalidad. Una vez en el umbral se lanza a su nuevo papel con energía evolutiva, hasta el punto de que conserva muchos de sus antiguos rasgos”.

El ser humano, entonces, es un animal con doble personalidad y lo es debido a su pasado evolutivo, por razón de la doble programación que este pasado supone y exige.  La contraposición entre monogamia y poligamia, entre democracia y jerarquía, entre individuo y comunidad, privado y público, autoridad y libertad, igualdad y servidumbre, etc., etc. –contraposiciones que tantas reflexiones y disputas ha motivado entre los filósofos de la existencia social–  puede, desde esta premisa fundamental que nos presenta Morris para explicarnos la conducta humana, reducirse a la dicotomía bosque–pradera, puesto que al cambiar de un ambiente a otro el mono desnudo tenía que desplazarse de la organización propia del primate frugívoro (sin por ello deshacerse de su herencia) hasta la organización propia de las especies carnívoras. Ambos programas adaptativos fueron transmitidos al animal humano.

Adiós a los vellos

El título del libro que comento en esta parte del artículo nos dice claramente que nuestra piel desnuda es aquella característica que Morris enfatiza como una de las más fundamentales para diferenciarnos del resto de los simios existentes.  Y su tesis de cómo nos convertimos en monos desnudos es la siguiente:

“La diferencia esencial entre el mono cazador y sus rivales carnívoros consistía en que aquel no estaba físicamente pertrechado para correr velozmente detrás de su presa, ni siquiera para emprender largas y fatigosas persecuciones.  Sin embargo, era precisamente esto lo que tenía que hacer.  Lo consiguió gracias a su mejor cerebro, que le permitió moverse inteligentemente y emplear armas letales; pero, a pesar de esto, sus esfuerzos tuvieron que someterle a una enorme tensión en puros términos físicos. La caza era tan importante para él, que no tuvo más remedio que pechar con ella, pero al hacerlo tuvo que experimentar un considerable exceso de calor. Sin duda se produjo una fuerte presión selectiva para reducir esta sobrecarga de calor, y cualquier mejoramiento había de ser bien recibido, aunque significase sacrificios en otras direcciones. La propia supervivencia dependía de ello. Este fue, seguramente, el factor clave de la conversión del velludo mono cazador en el mono desnudo (…) Con la pérdida de la pesada capa de vello y con el aumento del número de glándulas sudoríparas en toda la superficie del cuerpo, podía lograrse una refrigeración considerable –no para la vida de cada momento, sino para los momentos supremos de la caza– con la producción de una abundante capa de líquido sometido a evaporación, sobre el tronco y los tensos miembros expuestos al aire libre”.

Necesidad biológica de los dioses

Hay muchas ideas relevantes en este libro de Morris para entendernos mejor a nosotros mismos.  Nos enseña sobre nuestra sexualidad, sobre nuestros impulsos agresivos en defensa del territorio y de la familia, sobre la adquisición del lenguaje. Pero quiero terminar esta nota que escribo en homenaje a su nonagésimo octavo cumpleaños con una idea suya que me interesa destacar para mis lectores: su tratamiento de la cuestión de la religión en términos de su poderosa premisa de la programación doble. 

La idea de un Dios omnipotente, incubada en nuestra especie durante siglos, no es más que un resultado de la conversión del mono de los bosques en el mono cazador habitante de las praderas y, por ello, de la conversión del sistema jerárquico del primero en el sistema cooperativo del segundo.

“Dado que ninguno de estos dioses existe en forma tangible, ¿por qué fueron descubiertos?  Para dar respuesta a esta pregunta tenemos que volver a nuestros orígenes ancestrales. Antes de evolucionar y convertirnos en monos cazadores tuvimos que vivir en grupos sociales como los que vemos actualmente en otras especies de cuadrumanos. En estos, y en los casos típicos, cada grupo está dominado por un solo macho. Es el jefe, el señor supremo y todos los miembros tienen que apaciguarlo o sufrir las consecuencias si no lo hacen. Es también el más activo en la protección del grupo contra los riesgos exteriores y en la solución de las disputas de los miembros inferiores.  La vida entera de cada miembro del grupo gira alrededor del animal dominante. Su papel omnipotente le da categoría de Dios.  Volviendo a nuestros inmediatos antepasados resulta claro que, con el desarrollo del espíritu de cooperación, tan vital para el éxito de la caza en grupo, el ejercicio de la actividad por el individuo dominante tenía que ser severamente limitado si quería conservar la fidelidad activa, como opuesta a la pasiva, de los demás miembros del grupo …  El mono tirano de la vieja escuela tenía que desaparecer …  Este cambio, vital para el nuevo sistema, dejaba, empero, un importante hueco. Persistía la antigua necesidad de una figura omnipotente capaz de tener el grupo bajo control, y su falta fue compensada con la invención de un dios …  Es sorprendente que la religión haya prosperado tanto, pero su extraordinaria potencia es simplemente una medida de la fuerza de nuestra tendencia biológica fundamental, heredada directamente de nuestros antepasados simios a someternos a un miembro dominante y omnipotente del grupo”.

Tengo a Desmond Morris como uno de mis compañeros literarios de vida, como autor importante en mi formación intelectual.  Empecé temprano a leerlo –como ya señalé, leí en 1975 su El mono desnudo, así como su El Zoo humano. Seguí después con varias otras obras suyas –hasta adquirir recientemente su El Libro de las Edades– y cada lectura me enseñó algo importante. Es un escritor que da a conocer con mucha claridad su pensamiento y que redacta en un ameno estilo, aliviándonos de pedantería y prosa difícil y oscurecida. En una palabra, es entretenido y muy instructivo leerlo. 

¡Feliz cumpleaños, estimado Desmond!