Educar para el desarrollo, el salto pendiente.
Jorge Morales Meneses, arquitecto, Académico UDP
El énfasis de la educación para el desarrollo, es decir, el énfasis que le daremos al cómo y al para qué, tiene que ser sin descuidar su rol de entregarnos el sustento para poder vivir y desarrollarnos como personas individuales. Y aunque alcanzar el desarrollo sabemos que depende de muchas variables superestructurales, la educación es un salto importante por construir para entregarnos el desarrollo social que supere las crecientes inequidades de la sociedad contemporánea. De paso, que permita entender en profundidad que los destinos del planeta y del país, tanto como los de nuestro círculo familiar o grupo más cercano, son interdependientes.
Desde hace varias décadas, periódicamente se nos ofrece un horizonte del desarrollo, medido por el ingreso per cápita que, a pesar de los avances en esta materia de nuestro país, es una alta meseta a la que nos cuesta cada vez más llegar.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un indicador elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que se creó precisamente para enfatizar que las personas y sus capacidades deben ser el criterio para evaluar el desarrollo de un país, no solo el crecimiento económico. El IDH es el instrumento que se utiliza para clasificar universalmente y en el cual Chile desde 2016 ostenta el más alto nivel en Latinoamérica en una constante alza. Uno de los tres indicadores del IDH es el nivel de educación según la media de los años de escolarización para adultos de 25 años y más, y la expectativa de escolarización para niños en edad escolar.
Comparativamente estamos mejor que todos nuestros vecinos latinoamericanos y nos seguimos distanciando, pero esto no refleja el problema y la magnitud del desafío de pensar la educación para el desarrollo de Chile, que la reconocemos en crisis, por lo que necesitaremos adentrarnos en otras profundidades.
Cabe aquí señalar que pensar en soluciones puntuales en educación es no atender el centro de la problemática, además cuando es concebida únicamente como una certificación para el mercado laboral, arriesga con sacar del centro a los seres humanos, perdiendo su sentido y puede llegar a alienarnos por una vida de consumo y mera obtención de bienes efímeros. Un mercado que además está en constante cambio y que nos desafía con que lo que hoy certificamos mañana estará obsoleto.
Por lo tanto, el desarrollo -más que una cifra promedio del PIB, que cada año está peor repartida- es un conjunto de estándares que demuestran que el progreso y la dignidad del ser humano son objetivos colectivos. Así lo declaran nuestros principios -como lo vamos a ver más adelante- y también las más relevantes instituciones mundiales.
La educación debe ser para el desarrollo social y para que nuestros jóvenes vivan un horizonte de futuro con expectativas de mejora concretas y avances colectivos tangibles, que vean posible un cambio en sus trayectorias vitales producto de una formación meliorista, digna y progresista, pero ¿quiénes o qué instituciones ofrecen hoy esta perspectiva de futuro ante la crisis que debemos enfrentar?
Las crisis múltiples que amenazan e impactan en el aula
Un reciente artículo de Jorge Castillo en El Mostrador (“Cuando la escuela deja de significar: apuntes sobre juventud y política educativa”, 17 de mayo de 2025) nos puede ayudar a presentarla. En dicho artículo (en relación con una entrevista a Juan Pablo Luna) se hace ver que las escuelas y docentes están desbordados enfrentando crisis múltiples por la fragmentación de las familias, la violencia barrial, el malestar subjetivo y la desesperanza respecto al futuro.
Castillo menciona que una alta proporción de jóvenes se auto perciben como un fracaso, reflejando una desconexión con “la promesa de futuro, la construcción de identidad, el reconocimiento y la pertenencia”, que eran los sentidos que articularon históricamente el proyecto educativo nacional. Manuel Canales (citado por Castillo) afirma que la escuela ya no es percibida como vía segura de movilidad social, porque esta promesa no se condice con su experiencia concreta de exclusión y precariedad. Jacqueline Gysling (citada por Castillo) advierte que la educación media perdió la capacidad de ofrecer un proyecto de futuro significativo para los jóvenes, pues no logra conectar con sus experiencias ni expectativas. En este contexto, concluye Castillo “la escuela pierde centralidad como espacio de futuro y otras formas de afirmación como el deporte, las redes sociales, el emprendimiento o incluso el narcotráfico, se tornan más significativas”.
Observa que las escuelas han dejado de tener sentido en la vida cotidiana, no son un lugar de acogida, un lugar que ofrezca horizontes de futuro, y los jóvenes “no solo se alejan del aula, sino también de la promesa de una ciudadanía activa, justa y compartida”.
Para el desarrollo social, debemos enfocar el desarrollo de sentido y fines de la educación, y lo más importante: que esto sea una realidad concreta en la experiencia vital de los estudiantes. No sacamos nada si el aula es una isla de promesas que en la vida cotidiana es evidente que no se cumplen. La semana pasada, la subsecretaria de Educación Alejandra Arratia Martínez escribió en un artículo en Cooperativa, a propósito del cierre del año educativo: “Nuestro deber como Estado es abrir oportunidades, remover barreras y asegurar que el origen no determine o limite las trayectorias educativas y el destino de las personas”.
Por lo tanto, una orientación inclusiva, diversa y equitativa es el sentido masónico de justicia social inserto en el para qué de la educación, que es necesaria de instalar en el debate y en nuestra reflexión de estas cámaras, para llegar a reconectar con nuestros jóvenes y ofrecerles algo más que una trayectoria vital delineada por la herencia, que ahora está marcada por una constante precariedad económica y vulnerabilidad social para la mayoría de la población, y que es lo que ellos observan en sus padres y adultos. ¿Cómo podemos iluminar esta orientación?
La tecnología en la educación
Esteban Oliva afirma que el 2030 será un punto de inflexión como objetivo del milenio de la ONU, pues todo el contenido vinculado a la educación formal estará en internet, y será un derecho humano universal su acceso, pues todo lo repetible será sustituido y contenido por aplicaciones, programas y dispositivos.
La tesis de Heidegger del ser técnico de los humanos está al centro de esta concepción. La tecnología ha venido a ser una evolución tan súbita que adelantó visiblemente a la evolución biológica de nuestra especie y sin duda la desplazará, pues en unos pocos siglos hemos comenzado a reemplazar partes de nuestro cuerpo por dispositivos más eficientes, potentes y controlados.
Si recordamos el notable Film de 1968 de Stanley Kubrick “2001 Odisea del Espacio”, en su inicio aparece un primate que revienta con fuerza sobre el suelo -y ante la maravillada mirada de sus semejantes- un hueso de la quijada de un herbívoro, demostrando el descubrimiento y el uso social de una tecnología rudimentaria. Esta escena simboliza el primer proceso de humanización mediante la tecnología, donde las primitivas herramientas de los primeros homínidos fueron dándole cada vez más poder de sobrevivencia, para convertirlo en el homo sapiens que se desarrolló de forma explosiva en la revolución agrícola, luego en la revolución industrial y ahora nos tiene en la revolución computacional.
El conocimiento empírico, que luego se hizo científico y hoy es tecnológico ha sido fundamental para un desarrollo que nos cuesta seguir, que nos aparece vertiginoso, y en el que no pocas veces debemos recurrir a nuestros hijos y nietos para entendernos con los nuevos dispositivos y máquinas.
Somos seres super potenciados por la creatividad de la técnica, eso es parte relevante de nuestra humanidad: el libro, la escritura y la imprenta también son creaciones humanas, al igual que la luz artificial, al igual que los relojes, los trenes y barcos, al igual que los computadores, tal cual hoy lo son las redes de datos y la Inteligencia artificial.
Hoy en día nuestro celular sabe más de nosotros que nosotros mismos, como una especie de conciencia externa al cuerpo que vamos entrenando sin darnos cuenta y del cual cada vez nos hacemos más dependientes. Y nos encandilamos con estos artificios, eficientes, poderosos, exactos. Dependemos de ellos y confiamos en sus atributos que nos hacen olvidar lo esencial: que son herramientas y que están diseñadas a imagen y semejanza de los seres humanos.
La tecnología ha sido y es uno de los medios más relevantes de la humanización, un componente fundamental de toda educación y ya es más eficaz que los humanos para muchas tareas en la reproducción del conocimiento. Algunos pensadores aseguran que la tecnología de los dispositivos sustituirá tarde o temprano todas las acciones y procesos que sean repetibles o predecibles, en base a datos y a la experiencia acumulada en ellos mismos.
Un desafío de la educación será formar en comprender que la tecnología es una herramienta y no un fin en sí misma, que debe estar al servicio del ser humano y sus comunidades. Esta condición de medio de la tecnología nos obliga a volver a preguntarnos ¿qué es el ser humano, o qué es lo humanizante del ser humano?
La definición de ser un ser racional, como distinción de especie frente a otros animales, ha quedado corta. Acciones potenciadas por la tecnología, tales como la guerra, la contaminación ambiental, o los sistemas financieros ponen en duda nuestra supuesta esencia racional, y hacen necesario mirar nuevamente la educación desde las bien llamadas humanidades y desde un lente inclusivo, es decir que las culturas, todas las culturas así como todas las personas, puedan encontrar un horizonte de sentido, independientemente de su origen, valorando su diversidad, su idioma, su forma de ver el mundo y no pretender que la educación forme en un modelo cultural determinado, sino en muchos simultáneamente, conviviendo y retroalimentándose.
Fortalezas por considerar en la educación para el desarrollo
Castillo señala en su artículo que para que una política educativa sea verdaderamente transformadora, necesita considerar el componente cultural de los jóvenes, de las instituciones educativas y la cultura diversa por la que atraviesa nuestro país, complejizando alternativas programáticas que lean el presente, “abriéndonos a formas distintas de concebir el aprendizaje, el vínculo y la comunidad”. Afirma que “recuperar el sentido público, cultural y político de la escuela es una tarea urgente… para reencantar a las nuevas generaciones y reconstruir los vínculos sociales”
Según Peña (2024), educar en las humanidades es la tabla de salvación de una humanidad extraviada, tentada de asignarle a la ciencia y la tecnología todo el poder, pues las palabras y la memoria son las herramientas claves para interpelar lo que estamos haciendo y transformar las aulas en espacios de creación más que de reproducción de un orden social inmovilizado y desmotivado. Peña de paso nos advierte además de la amenaza de radicalizar la reflexión, elaborando enunciados de validez universal sin un diálogo social y sin una mirada situada en las diversas y complejas realidades de cada territorio.
Para Robinson (2013), es fundamental despertar y desarrollar los poderes de la creatividad, dejar la estandarización y el testeo que han tendido a uniformar una naturaleza humana esencialmente diversa, dejando las concepciones mecanicistas de la educación, para individualizar la enseñanza y el aprendizaje, mediante la construcción de un clima de posibilidades.
Según Castillo “a partir de la pandemia, la dimensión subjetiva del aprendizaje ha adquirido una mayor relevancia en las políticas educativas”, y lo reconoce como algo significativo, pues se ha impulsado la formación en habilidades socioemocionales y la salud mental, pero también advierte que esto no basta para responder a las demandas y tensiones.
Emilio Barrera señala que “resulta evidente que la educación como derecho, la justicia social, la inclusión, la diversidad y el desarrollo humano, encuentran hoy una expresión concreta en el marco normativo vigente de la educación chilena. La Ley General de Educación, la Nueva Educación Pública y la Política de Inclusión Escolar constituyen esfuerzos institucionales por traducir estos valores en políticas públicas”, faltando encarnar estos principios en la experiencia cotidiana de las comunidades educativas.
Las amenazas son también la falta de recursos, la falta de una realidad inclusiva, la falta de motivación y sentido cuando la educación no es una herramienta de movilidad social, entre varias otras problemáticas superestructurales.
(extracto de una ponencia presentada por el autor en el marco de la temática “El permanente desafío de la educación en Chile”)