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Actualidad

Publicado por Citerior Diciembre 29, 2020

Copy Paste, Plagios, Pastiches

Gabriel Torres Salazar

Siempre he sentido interés por innovaciones pequeñas de gran impacto. Ahí está la cuchara, el lápiz bic, las vacunas. También por personas grandes de bajo perfil; Larry Tesler lo fue. Murió en febrero, el 21 de febrero a los 74 años. No lo conocí y me hubiera gustado conocer personalmente a este neoyorkino, nacido en The Bronk.

Fue el creador de la función informática copiar, cortar y pegar, de uso diario en procesadores de textos, a disposición de jóvenes y adultos, con miles de clic por segundo, millones por hora y billones de veces al día, por todo el mundo.

Una mirada a la historia confirma, sin embargo, que herramientas útiles como esta no son tan nuevas, vienen del pasado y por su utilidad se mantienen y perfeccionan.

En el arte rupestre, hay reminiscencia del copiar y pegar; también en la imprenta de Gutenberg, en la litografía de diarios y revistas, en la serigrafía del artesano, en el papel de calco de escolares o en máquinas de escribir de secretarias de no hace mucho; en fin, en el estampado de telas, en la polera de fin de semana y en muchos otros impresos está lo bueno del copiar y pegar.

Lo que ahora sucede es que este copy paste se tecnologizó y se masificó con  los medios digitales.

Larry Tesler lo consiguió. Su uso tan difundido y apreciado ha llevado, lamentablemente, a malas prácticas –o, mejor dicho- a perfeccionar malas costumbres. Como en todo: vicios y virtudes.

Es lo que sucede con el mal del plagio y su primo hermano, el pastiche; esas pésimas y viejas conducta de copiar y atribuirse escritos ajenos como propios, sin indicar su autor o fuente. En pequeño es una falta, pero en grande es un robo intelectual, un delito.

La copia indiscriminada la observamos en diversos frentes. En ámbitos universitarios la cuestión del plagio ha sido siempre condenada y sancionada, más nunca acabada, a pesar de los reglamentos de comportamiento y ética estudiantil que circulan en los centros de estudios superiores.

Las formas de control son superadas por otras de evasión, más sofisticadas y la rueda sinfín, a título oneroso o gratuito, sigue y sigue. Se sabe de la copia de estudiantes en clases presenciales y remotas, de los que “soplan” por medios tecnológicos desde fuera de las aulas y de los que plagian títulos profesionales y grados académicos.

Hay informes técnicos, de reputados consultores y asesores para legisladores, que al momento de verificar fuentes de origen se descubre flagrante copia (en el Congreso de Chile hay casos concretos de pastiche).

O, más puntualmente, por la misma causa, se conoce del despido en importantes cargos, como el de un ex ministro de Defensa alemán acusado de plagio en su tesis doctoral de derecho (Karl Theodor zu Guttenberg, de 39 años, había copiado alrededor del 20 % de las 475 páginas de su tesis). Debió renunciar a su cargo.

Está claro que la culpa no es del algoritmo, ni del medio tecnológico en uso. No vamos a culpar al cuchillo de cocina porque alguien lo transforme en arma mortal. Está claro que las tecnologías son sistemas socio culturales neutros que, a la vez que producen cultura, la gastan. El mal uso del instrumento no depende del mismo, sino de quien lo emplea y este es un problema de individuos, un problema ético de personas. Bien los sabemos ; es un vicio a combatir.

Hace unos meses circuló una noticia de prensa, proveniente de The New York Time, denunciando el negocio de las tesis de grados y ensayos universitarios escritos por encargo.

Refiriéndose al plagio decía: “en la web existen páginas que son verdaderas fábricas de trabajos académicos, un negocio cuestionable que se ha vuelto muy lucrativo. Los que más recurren a este servicio son universitarios de Estados Unidos, Reino Unido y Australia, mientras en Kenia se encuentran quienes hacen las tareas por ellos”; también en India y otros países.

En realidad, el trabajo transfronterizo no nos debiera sorprender, la Internet y plataformas informáticas de hoy lo permiten.

La tecnología de punta la vemos a diario en el uso masivo de clases virtuales, en el teletrabajo y múltiples programas sincrónicos y asincrónicos de estudio y empleo a los que nos obliga la pandemia del Covid-19. Tampoco nos sorprende la existencia de esa antigua mala práctica que es el plagio –repitamos: falta grave de usurpación de ideas y apropiación de trabajo ajeno.

Pero no nos deja indiferente que de la copia inescrupulosa individual se pase a la globalización de la “copia ilustrada”. ¿Por qué renunciar a la investigación seria y el saber documentado, mediante el facilismo de copiar y pegar?

Los medios tecnológicos, a la vez que dan acceso a más datos para investigaciones y escritos, proveen de herramientas a revisores de informes, para descubrir tesis y ensayos hechos por autores fantasmas, dejando en evidencia el delito de copiar y pegar.

Aun así, el robo de ideas continua. Internet tiene a disposición de sus usuarios programas antiplagios de uso sencillo y gratuito que muestran al instante palabras, frases y párrafos copiados; con los porcentajes de similitudes en textos y referencias de origen de los escritos. Uno de ellos es Turnitin; pero el fraude sigue.

En las malas prácticas del copiar y pegar queda claro el negocio sucio de empresas y personas que promueven y lucran con los trabajos locales e internacionales de plagio y pastiche literario; también con la captura que hacen de profesionales y estudiantes instruidos, pero sin alternativas laborales, para que investiguen y escriban; solo copian y pegan para otros.

Además, está la falta de ética de personas inescrupulosas con capacidad de pago que, por flojera o limitaciones intelectuales, efectúan estos encargos. Son las dos caras del Dios Jano.

El copy paste se viralizó por el mundo, es otra pandemia. Podemos preguntar, si,- a diferencia de la Covid 19, sin vacuna que prevenga y remedio que cure: ¿llegará pronto el antídoto que frene la pandemia del copiar y pegar, sin citar la fuente? Se dirá que es cuestión de educación.

NO AL PLAGIO, NO ENGAÑES, NO TE ENGAÑES.